My Dream

Soñar es como emborracharse: haces cosas que nunca harías en la realidad y al día siguiente ya no te acuerdas de nada.

Hace poco, mi amigo @ThePabloMr publicaba en Twitter que le gusta tener controlados y organizados sus sueños en el móvil. Yo le respondí que no suelo soñar, y si alguna vez lo he hecho, ya no lo recuerdo.

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Para vuestro agrado, hoy he tenido un sueño raro. Que tampoco es que los sueños no suelan ser raros. Todos los sueños son raros. Combina el mundo real y el imaginario en un argumento más absurdo que cualquier vídeo de los Vengamonjas.

Os advierto de que, al contrario de cómo funciona cuando estoy despierto (diversión, humor, broma), cuando sueño algo mi cerebro se convierte en una fábrica de historias dramáticas y tristes.

Ahí va.

Salgo del instituto a tiempo, pero entonces me acuerdo de que me he olvidado la mochila dentro. Vuelvo hacia clase, la recojo. El interior del instituto se convierte en una especie de supermercado, y antes de salir del instituto tienes que pasar la mochila por un control de seguridad.

Un hombre entra allí y empieza a gritar que nos tiremos al suelo, mientras apunta con una pistola hacia el cielo. (Hasta aquí todo normal para un estudiante de secundaria de EEUU)

El hombre se pasea por los distintos pasillos del supermercado, esquivando la gente tumbada en el suelo. Cuando llega al pasillo en que me encuentro, ordena a un rehén que coja su pistola y que me mate a mí.

Éste se pone nervioso y me apunta mientras su mano tiembla, incapaz de dispararme. El hombre de la pistola la coge y me la pone en mis manos, apuntando hacia él. Yo, también incapaz de matar a un inocente, me giro rápidamente y disparo al hombre.

Resulta que, por desgracia, la pistola no tiene balas: era un simple truco. Yo voy retrocediendo asustado y asumiendo que voy a morir. El hombre coge otra pistola que tiene y, de repente, mata al rehén que me había apuntado y a otra rehén, una mujer.

Seguidamente, el hombre se suicida con la misma pistola disparando a su cuerpo, mientras poco a poco va llorando y cayendo al suelo. Yo me quedo de pie, observando la trágica escena y sorprendido de que siga vivo.

Sin pensarlo, voy corriendo hacia la mujer a la que he disparado. Le pido, entre sollozos, que no se muera, asegurándole ingenuamente que se va a poner bien. Además, me disculpo reiteradamente por provocar su muerte.

Ella me responde: “Tranquilo, no pasa nada. Lo has hecho bien. Nos has salvado”.

El resto del sueño se basa en el espectáculo mediático del tiroteo, mientras que yo permanezco como alguien ajeno a ello, o como un héroe anónimo, ya que nadie me pregunta nada.

 

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